Aunque por muchas sospechas, pareciese imposible; por más que hubiera la pequeña
posibilidad de que los sucesos de años anteriores no se repitiesen; por mucho
que los tatuajes de patatas fritas se mostrasen inacabables; aunque los rasguños
de las rodillas comenzasen a ser algo cotidiano, las fechas fueron haciendo
evidente que el verano terminaba.
Del mismo modo que no lo iba a ser, abandonar las largas excursiones
mañaneras de recorrido dudoso observadas íntegramente por un sol de bruces. O
carecer de las ya habituales pasas en los dedos clorosos.
Era evidente que todo esto iba a ser extrañado.
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