El hedor de alcohol se extendía
bastamente por la habitación. Tumbada en el suelo aceptó su fracaso en intentar
ahogar el recuerdo de ese día. La luna que se derramaba en el suelo, sólo reforzaba
las imágenes que aún retumbaban en su retina, de los clientes tan fogosamente alterados.
Recordó su despavorida primera vez, dónde
los nervios y el horror sucumbieron su autocontrol. Se acordó también, de la
cara de su primer cliente y, estremeciéndose, colmó la enésima copa.
Apercibió que la agitación del día había
corrido su obligado maquillaje, dibujando así, negras lagrimas en su mejilla. Se
limpió la cara con las manos y las frotó en la ajustada falda, fue esa parte de
su uniforme, que la hizo pensar sobre muchas cosas: su inexistente vida social,
el desprecio que recibía y, sobretodo de su inmundo trabajo.
El reloj de madera latía inexorablemente,
eran casi las cuatro y se asombró de lo poco que esto le sorprendía. Hábilmente
se sacó sus zapatos de talón rojos de una patada.
Exhaló el último cigarro del paquete y
prendió una decisión, debía cambiar radicalmente de vida, aún era joven. Lo primero
y más importante: tenía que dejar su oficio. No era su vocación ser abogada.